viernes, 15 de julio de 2016

Trinidad

Qué ganas tenía también de conocer Trinidad. Fue Ignacio Uzquiza, mi profe de Literatura Hispanoamericana de la carrera, quien primero me habló de ella, hace ya muchos años, recomendándome enfáticamente visitarla si viajaba a Cuba. Julio solo tenía un vago recuerdo de ella, después de tanto tiempo, pero también sabía que era de lo que más le gustó junto con la Habana. 
Con Carlos e Itziar salimos de Cienfuegos el día 7 de julio en un taxi para los cuatro haciendo una parada en un sitio natural conocido como el Nicho. La gente recomienda mucho esta excursión en los foros, pero está claro que no conocen la Vera ni el Valle del Jerte, porque si no, no pagarían 10 dólares por darte un chapuzón en unas pozas a las que no tienen nada que envidiar nuestras piscinas naturales. Lo mejor, por lo tanto, la conversación con nuestros amigos y las risas y el viaje en sí mismo, pero está claro que la excursión no es imprescindible. 
Trinidad no defrauda. Su casco histórico es un entramado de calles empedradas con sabor a Siglo de Oro español restaurado: caserones con rejas enormes en las ventanas, suelos de hidráulicos preciosos, fachadas de colores y música por todos lados. Hay que levantarse temprano para poder recorrerla y fotografiarla despacio, sin las legiones de turistas que llegan a partir de las once. Tiene muy cerca, además, Playa Ancon, en el litoral sur de la isla, una playa de ensueño si no tuviera medusas. Tiene narices que haya tenido que venir hasta aquí para vivir la experiencia inolvidable de que me pique una.
 Y por la noche, música en vivo en las escaleras de la Casa de la Música o en la Casa de la Trova o en tantos otros sitios. Los mojitos saben aquí igual de bien que en la Bodeguita del Medio de la Habana, que ya es decir. 
Y para no perder el contacto con la realidad cubana, hay que darse un paseo por el barrio de las tres cruces, a un paso del centro, donde la gente humilde de Trinidad vive una vida bastante alejada del turismo y el bullicio nocturno. Lo único que no falta aquí también es la música, pues cualquiera tiene en su casa puesto a todo volumen un disco de salsa. La música omnipresente. 
Dan ganas de no marcharse de aquí. 









Valle de Viñales y Cienfuegos

Después de La Habana, tenemos nuestra mirada puesta en Trinidad, pero antes dedicamos dos días a visitar el Valle de Viñales y uno a parar en Cienfuegos, tan objeto de debate entre los viajeros por Cuba. A Viñales mucha gente viaja en una excursión de un día desde la Habana. Nosotros preferimos ir por nuestra cuenta en bus público y hacer allí una noche. Es nuestro primer contacto con la exuberante naturaleza cubana y con un paisaje particularmente especial que nos recuerda mucho a algunas zonas asiáticas: los mogotes karsticos del Valle de Viñales. Desde allí viajamos en taxi compartido a Cayo Jutias, la primera playa de aguas transparentes que vamos a disfrutar en este viaje. Y un regalo: conocemos a Carlos e Itziar-no sé si lleva tilde- una pareja de navarros que lleva viajando seis meses desde Argentina y Chile hasta Cuba. Son los primeros amigos que hacemos en este viaje. Con ellos nos esperan días de viaje juntos, charlas sobre política, sobre el Brexit y Rajoy, sobre viajes... En fin, ha sido una maravilla poder conocerlos y compartir tantas experiencias y tantas inquietudes. Nos han recordado mucho a nosotros mismos hace ya algunos años.
Desde Viñales empezamos nuestro periplo hasta Cienfuegos cambiando tres veces de coche, encontrándonos con Itziar y Carlos en cada parada del trayecto y aprendiendo ya que, elijas el transporte que elijas en Cuba, todos nos acaban pareciendo malos, porque de hecho esa es una de las grandes dificultades del país, el transporte y las comunicaciones, aunque por lo menos nos podemos mover. Julio estuvo aquí en los noventa, durante el periodo especial, y no le quedó otra que alquilar un coche. Así es que procuramos no quejarnos mucho.
A nosotros Cienfuegos también nos gusta mucho. Nos alegramos de haber decidido hacer escala aquí.  Es una ciudad neoclásica, de fundación francesa, con unos edificios que nos resultan muy bellos e interesantes desde la perspectiva arquitectónica y la casa particular donde nos alejamos es de las mejores que vamos a tener en Cuba. Así es que no nos cabe duda: dos paradas necesarias para conocer el país a fondo. 










jueves, 14 de julio de 2016

Fotos de La Habana

Como veis, después de toda la tarde empleada en hacer la primera entrada, dedicándole más tiempo que a la frontera mexicana, de la que ya os contaremos, el formato no ha quedado muy bien que digamos. Esperamos mejorar. Ahí van algunas fotos más. 




Madrid-La Habana


El día 1 de julio, a una hora muy taurina, las cinco de la tarde, iniciamos nuestra primera etapa del viaje. Llegamos a La Habana tarde, con el ánimo muy alto, aunque con un cansancio de muerte. Eran para nosotros las cinco de la mañana. Primeras impresiones: el calor sofocante por la humedad, el desorden total del aeropuerto y el tremendo ambiente nocturno que había en Centro Habana, donde nos quedábamos, muy cerca del Malecón. Pues, a pesar de que nos caíamos de sueño, no queríamos irnos a dormir sin quedarnos con esa primera imagen en la retina de la ciudad nocturna. Mucha gente en la calle, pero todo está tranquilo, nadie te dice nada... Empieza una sensación que nos acompañará en todos estos días en Cuba y que, claro está, no es muy frecuente en este tipo de viajes: cierta seguridad y confianza. No hay que estar en alerta permanente. Nos quedamos en una casa particular, igual que en todos los sitios que vamos a visitar, lo cual creo que es un gran acierto, pues nos da la posibilidad de conocer a los cubanos de a pie, viajar de forma más económica y contribuir de alguna manera para que los ingresos del turismo recaigan más directamente en la gente normal y corriente.
Dedicamos los dos días siguientes a peinarnos la ciudad haciendo paquete básico: Vedado, con el Hotel Habana Libre, el Nacional, la heladería Coppelia, que sale en la peli "Fresa y chocolate" y donde participamos del deporte nacional, o sea, hacer colas. Luego caminamos por Centro Habana, el barrio más deteriorado de los tres que vemos. Todo aquí parece que está a punto de derrumbarse, como si quedara solo un esqueleto que hubiera sobrevivido a un huracán. Hay mucha basura, huele ácido y los cubanos hacen colas con sus cartillas en la mano para comprar el pan o los cuatro productos que hay en los mercados estatales -en las pocas tiendas privadas que hay también se venden pocas cosas, pero además son muy caras-. Porque en Cuba es imposible ser consumista: no hay nada para comprar -excepto ron y tabaco, eso sí-. El desabastecimiento general del pueblo cubano es una de las cosas que nos impacta enseguida, acostumbrados como estamos a tenerlo prácticamente todo a nuestro alcance.
Y por fin llegamos a la parte de la ciudad que yo deseaba tanto conocer y a la que Julio quería volver: la Habana vieja. Es, sencillamente, preciosa; sus cuatro plazas están limpias y restauradas: la Plaza de la Catedral, la Plaza de Armas, la Plaza de San Francisco y la Plaza Vieja. Carlos Cano no se nos quita de la cabeza. Sí: la Habana tiene más negritos y más belleza en conjunto, y sobre todo muchísima música. Hay música y baile en cualquier sitio, en las casas particulares, en las terrazas, en las esquinas.... Pero el salero es de Cádiz y su catedral es incluso más majestuosa y más señorial.
En fin, dos días es poco para esta ciudad, así es que la recorremos con él ansia de llevárnosla toda y con el deseo clarísimo de volver.