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viernes, 11 de noviembre de 2016

Primer contacto con Brasil: de Iquitos a Manaos.

El martes 1 de noviembre nos trasladamos desde Iquitos hasta la triple frontera en lo que allí se llama una lancha exprés, una especie de supositorio en el que se viaja sentados en filas de dos asientos y en donde caben unas cuarenta personas. Es muy bajita, con lo cual ves el agua del río casi a ras de ti; es también muy ligera, viaja muy deprisa en comparación con los barcos que hemos traído hasta ahora y recorremos la distancia en unas 11 horas. La llegada a la triple frontera es bastante impactante. La lancha llega a Santa Rosa, en el lado peruano, un pueblito bastante tristón y sin ningún atractivo. Allí hay que coger un moto carro hasta la oficina de inmigración para que te sellen la salida de Perú. Y vuelta de nuevo al muelle. Después, una barquita te traslada en dos minutos a la orilla de enfrente, donde están Leticia (Colombia) y Tabatinga (Brasil), unidas prácticamente en una misma ciudad y separadas tan solo por el idioma que se utiliza en los carteles y anuncios publicitarios. Todo el mundo habla de que Leticia es un pueblo apacible y muy agradable para quedarse, pero nosotros nos bajamos en el lado de Tabatinga pues necesitamos sellar la entrada en Brasil. La oficina de inmigración ya está cerrada, es de noche, no tenemos moneda brasileña, no hay taxis, tan solo motos, y no entendemos absolutamente nada el brasileño. Llega el momento de hacer tres respiraciones profundas. Es increíble cómo en cuestión de minutos pasas a un lugar donde todo parece diferente: de pronto ya no entiendes el idioma, la música es distinta, el ambiente es tremendamente festivo y jaranero... Menos mal que en todos sitios hay gente amable que está dispuesta a ayudarte, así es que Julio se fue con una motorista a cambiar dinero, comprobar en el muelle si al día siguiente había barco a Manaos y buscar un hotel, mientras yo lo esperaba en casa de unas señoras que no pararon hasta que entré en el "porche" de su casa y me senté en una silla, porque no podían permitir que estuviera esperando de pie. Fueron muy amables. Estábamos derrotados, pero la música atronadora, bailonga y sensual de los baretos y el calor que hacía nos empujaban a la calle y con unas cuantas cervecitas heladas para rehidratarnos nos fuimos a dormir. 
Al día siguiente, antes de las ocho ya estábamos en la puerta de inmigración para sellar nuestros pasaportes. Todo fue rápido y sencillo. Desde allí el taxista nos llevó al muelle y compramos nuestros billetes para el GM Oliveira, que salía a las 12 del mediodía y que tardaría en llegar a Manaos alrededor de tres días y tres noches. El primer vistazo del muelle fue el anticipo de todas las diferencias que a lo largo del viaje íbamos a percibir entre los barcos de Perú y los de Brasil, entre los peruanos y brasileños de la región amazónica. El muelle estaba limpísimo, asfaltado, cubierto, con sillas para esperar sentados y con tres líneas que marcaban dónde había que ir colocando el equipaje para su inspección por orden de llegada. Comparado con los muelles peruanos este parecía un aeropuerto alemán. La misma impresión continuó al montar en el barco: nos pusieron una pulserita en la muñeca -la primera en nuestra vida- de esas de los cruceros de todo incluido, de distinto color dependiendo de cuál fuera tu destino final. El barco estaba muy limpio, muy nuevo, la tripulación ¡iba vestida de blanco! Había guardias de seguridad pertenecientes al cuerpo de policía y los trabajadores del barco lo mantenían todo a punto, haciendo muy bien su trabajo. En fin, era como haber cambiado de planeta. Es verdad que vamos también muy apretados, con muy poco espacio para colgar la hamaca, también es verdad que el agua de la ducha es igualmente agua del río, pero reina en todo el barco una sensación general de orden, limpieza y organización. La comida es, aunque no sea una maravilla, sensiblemente mejor y más variada y hay tres grifos de agua purificada a nuestra disposición. Los brasileños que viajan con nosotros son más respetuosos, reciclan los residuos no orgánicos, no vociferan, los pocos niños que hay son tranquilos y están bajo el control de sus familiares. Tengo la impresión de que la gente brasileña del barco pertenece a una cierta clase media o por lo menos no es tan desfavorecida como la mayoría de los peruanos con los que hemos hecho miles de kilómetros por el Amazonas desde Pucallpa hasta Iquitos. A cambio, en el barco brasileño la gente se relaciona menos y entabla menos conversaciones. No es que fuera fácil conversar con los peruanos, pero sí que terminamos entablando una relación amistosa con algunas personas, sobre todo niños y mujeres. Aquí eso no se da, entre otras razones porque lo dificulta mucho el idioma, aunque a medida que pasan los días vamos empezando a conversar con los colombianos y venezolanos que viajan en el barco o con los brasileños y guiris que chapurrean el español. 
Otra diferencia sustancial, con la que no contábamos, es la cantidad de controles policiales que hay en el barco brasileño. Parece ser que esta ruta es complicada en cuanto al tráfico de droga y son habituales las inspecciones policiales. No sé la cantidad de veces que nos han pedido el pasaporte, han comprobado que llevamos el sello de entrada en Brasil y nos han mirado todo el equipaje, cosa por cosa. En una ocasión el barco estuvo parado dos horas como mínimo y decenas de policías nos deshicieron uno a uno la maleta, con lo milimétricamente colocado que va todo en las nuestras, por falta de espacio, claro. En fin, es una parte más del viaje por este tramo del Amazonas, que aquí se llama Solimoes. 
El barco hace muchas menos paradas que en el lado peruano, pero aun así hay algunas. Una de ellas fue para cargar en las cámaras frigoríficas de nuestro barco toneladas de paiches, pirarucús en Colombia y Brasil, de criadero y congelados. Es impresionante contemplar desde tan cerca estos enormes peces amazónicos, casi monstruosos, de una carne con un sabor exquisito, no me extraña que lo llamen el rey del Amazonas. 
El clima y el paisaje son muy cambiantes durante la travesía: lo mismo hace un sol y un calor infernal que se levanta una tormenta de arena o se desatan la lluvia y el viento. El barco navega a veces por canales en los que tenemos muy cerca las orillas, otras veces la amplitud del río es inmensa y la selva amazónica se convierte casi en una línea verde en el horizonte. El concepto y la vivencia del tiempo cambian por completo. En la travesía el tiempo pasa muy despacio, ahora es cuando tenemos todo el tiempo del mundo para hacer todas esas cosas que continuamente decimos que no tenemos tiempo de hacer en nuestra vida cotidiana: sobre todo leer, pero también escribir, charlar con los vecinos de hamaca, contemplar el río, ver una peli en el iPad, dormitar, no hacer nada. Es muy divertido hablar con las parejas de jóvenes europeos que viajan en el barco. Nos contamos los motivos de nuestros viajes: la mayoría viaja por un año entero, unos antes de tener un trabajo estable; otros, antes de tener niños... Tienen toda la vida por delante. Conocemos también a Álex y a Wendy. Él es venezolano, ella colombiana. Los dos son también muy jóvenes y se han conocido durante el viaje. Por esos hilos raros y misteriosos que determinan la simpatía entre las personas, les encanta hablar conmigo y me cuentan su vida: los dos tienen por delante un gran cambio en su vida, cambio de país de residencia, de trabajo, de pareja... Nasande también es un encanto. Va en la hamaca de al lado de Julio. Es un joven brasileño de Tabatinga, estudiante de Biología. Viaja a Manaos para hacer un examen de Bioquímica pues estudia a distancia. Viaja con un tocho tremendo de libro que saca de vez en cuando para repasar. Julio también lo utilizó en la carrera, así es que la afinidad y la complicidad entre ellos está asegurada. Gracias a él pudimos contactar con los dueños de nuestro apartamento para avisarlos del retraso de nuestra llegada y gracias a él salimos del puerto de Manaos sin problema y nos orientamos en la ciudad. Como regalo, le dejamos nuestras dos hamacas. Él tendrá muchas ocasiones de seguir utilizándolas. 
Manaos es un desastre de ciudad. Lo único que tienen presentable es la plaza de San Sebastián, con mucho sabor portugués y dónde está el Teatro Amazonas, la Ópera de Manaos. Es triste pensar en estas ciudades, en Manaos o en Iquitos, por la fugaz grandeza que tuvieron a finales del XIX y principios del XX y su actual decrepitud y dejadez. Eso sí: la alegría, el desenfado en las relaciones y los usos sociales, la música y el baile lo compensan todo bastante. Hace bastante calor y la gente está sentada en las terrazas de los bares, igual que en España. En la puerta del Bar Armando o en el Caldeira -el bar de Vinicius de Moraes y de todos los bohemios de Manaos- hay música brasileña en directo. Escuchándola con una cervecita en la mano y con un pinchito  moruno de una de las numerosas barbacoas improvisadas en cada esquina se ven menos los socavones de las aceras y no molesta tanto el olor de las alcantarillas. El domingo por la mañana se monta un estupendo mercadillo callejero en la calle principal que baja al puerto: hay delicias gastronómicas brasileñas, artesanía, puestos de guaraná... Y para despedirnos como es debido del Amazonas, a mediodía probamos por fin el paiche, pues ya sabemos que en la época de veda se comercializa de criadero y congelado. Está realmente exquisito. 
Para terminar con una nota literaria, os recomiendo la lectura de "El río de la desolación. Un viaje por el Amazonas", de Javier Reverte. Julio lo empezó antes de comenzar nuestro periplo por el Amazonas en Perú y "me prohibió" leerlo antes de embarcar, pues decía que si leía el prólogo y las primeras páginas no me montaba en el barco. Yo ya sabía que era un libro duro, algo triste, melancólico y un punto pesimista. Entre otras cosas porque, como ya sabéis muchos de los que coincidimos en la charla de Reverte en Cáceres, el autor contrajo la malaria durante este viaje y estuvo a punto de perder la vida. En cualquier caso, decidí hacerle caso a Julio porque yo no quería hacer el viaje de Reverte, quería hacer el mío y sacar mis propias conclusiones y vivir mis propias experiencias. Empecé el libro, pues, en el último tramo del viaje. Reverte viajó en el 2002. Han pasado años y no todo es igual, pero el pasado histórico sí es el mismo. Y eso lo hemos conocido gracias a él. Tenemos que agradecerle al escritor su trabajo de investigación inmenso sobre la historia del Amazonas, tanto en Perú como en Brasil, todo el pasado de sufrimiento y explotación de los indios por parte de los blancos, ya fueran españoles, portugueses o los propios magnates peruanos y brasileños del caucho. De ahí es de donde viene la desolación: de la experiencia de contemplar tanta riqueza natural y de que esté tan injustamente repartida, del escasísimo avance y mejora en las condiciones de vida de la gente que vive en las orillas de este inmenso río. Y del empeño del hombre en domesticar de cualquier manera y con cualquier método esta gigante reserva verde gracias a la cual, en parte, todos respiramos.
 















 


 
 

Una ciudad en medio de la selva: Iquitos.

La diosa Providencia siguió acompañándonos en el comienzo de la siguiente etapa. A salvo de la tormenta, ya en casa de Job, descansábamos pero con la inquietud de no saber si esa misma tarde podríamos embarcar hacia Iquitos o tendríamos que esperar no se sabe cuánto, lo cual no nos apetecía nada, pues llevábamos ya varios días de retraso sobre el calendario previsto. En esto, una de la niñas de Job llegó a casa gritando: "¡llega la Henry, llega la Henry!"! Nos asomamos al río y, efectivamente, vimos que el barco se acercaba a Bretaña, pero nadie tenía claro que fuera a parar. Empezó entonces una revolución en la casa de gente trayendo nuestro equipaje, otro yendo a buscar un moto carro, despedidas apresuradas y emocionadas, agradecimientos, bendiciones.... César se montó con nosotros en el moto carro, que iba todo lo deprisa que podía, y en el camino hasta el muelle le iba preguntando a todo el que veía si el barco iba a atracar, pero nadie le daba seguridad. Por fin llegamos al muelle, allí estaba el barco y mucha gente esperando para montarse. ¡Habíamos llegado a tiempo! La expresión que más escuchábamos era la de que habíamos tenido "una suertasa" y era verdad, pero "suertasa" y una gran generosidad por su parte fue también que César estuviera con nosotros y nos ayudara a embarcar y subir el equipaje, pues con la tormenta el muelle se había convertido en un terraplén de barro arcilloso y deslizante que amenazaba con mandarnos a todos derechos al Amazonas. Ya dentro del barco, nos despedimos de César con mucha pena prometiendo escribirle y suponemos que la diosa Providencia se marchó con él, pues el Don Segundo nos pareció un barco desolador al lado del que habíamos traído hasta Bretaña: escasamente encontramos un apretadísimo espacio donde colgar juntas nuestras hamacas, la limpieza y el orden brillaban por su ausencia, de los tres baños que había tres estaban cerrados.... En fin, lo dejamos aquí, que no queremos hacer sangre. Además, la situación mejoró un poco a partir de Requena, donde se bajó mucha gente y pudimos ya respirar algo mejor. El viaje hasta Iquitos duró 27 horas y uno de los momentos más emotivos del trayecto, a 27 horas de navegación desde Bretaña, es el lugar de confluencia de los Ríos Ucayali, por el que navegábamos nosotros, y el Marañón, que recoge sus aguas desde más allá de Chachapoyas. A partir de ese punto y hasta la triple frontera es donde oficialmente el río se llama Amazonas, pues desde su nacimiento hasta su desembocadura el Amazonas recibe diferentes nombres, los nombres que siempre habían utilizado para nombrarlo las poblaciones indígenas, antes de que llegaran los españoles: Apurimac, Ene, Tame, Urubamba, Ucayali, Solimoes, Pará, Guamá... 
Llegamos a Iquitos a las nueve de la noche del día siguiente y como íbamos tan cansados no pudimos incorporarnos al ambientazo de viernes que ofrecía la ciudad, llena de gente, de casinos y salas de fiesta... Nos impresionó mucho después de tantos días de vida en plena naturaleza, aunque lo más impactante fue darnos cuenta de los adornos de Halloween y de Navidad, incluidos renos, papanoeles y felices 2017, que había por todas partes: no nos lo podíamos creer, primero por el tremendo calor que hacía y después, porque nos parecía imposible que fuéramos a enfilar ya nuestro último mes de viaje. 
Los días de retraso del barco en Pucallpa nos habían descolocado todos los planes previstos para esta etapa. Por otra parte, Iquitos, a pesar de ser la ciudad más grande de la Amazonía peruana, no está conectada al resto por carretera, solo por avión y por barco, pero no hay barcos todos los días, así es que tuvimos que elegir entre pasar más días en Iquitos o en Manaos, siempre con la incertidumbre de no saber cuándo íbamos a poder llegar a la ciudad brasileña, pues la duración de los trayectos en barco siempre está sujeta a las paradas, las corrientes, los bancos de arena, los controles policiales, etc. Al final decidimos quedarnos en Iquitos hasta el martes 1, el primer día que había lancha rápida hasta la triple frontera: necesitábamos descansar y reponer fuerzas después de haber vivido los tres días en la Reserva y cinco días de barco hasta la capital de la Amazonía peruana. 
Iquitos es una ciudad bastante destartalada y ruidosa, con un tráfico de motos desaforado, aunque mantiene algunos edificios de estilo colonial, vestigios de su efímero pasado de auge y desarrollo durante la época del caucho. De entonces quedan casonas de finales del XIX con patios y balcones, sobre todo en la zona del Malecón, con fachadas de azulejos portugueses, seguramente por la influencia de la cercana Manaos. En todos estos edificios hay algún rótulo de azulejo en el que se indica que dicho edificio es patrimonio nacional, pero la verdad es que no se ve mucho interés por parte de la nación en conservarlos, pues la mayoría aparecen decrépitos y descuidados, abandonados a su suerte. La misma Casa de Hierro, cuyo diseño parece ser que salió de los talleres de Eiffel, en esa época en la que todas las ciudades querían parecerse a París, parece más bien un amasijo de chapas y tornillos pintados de purpurina, decadente y trasnochada. 
Nuestra visión de Iquitos está también mediatizada por varios referentes artísticos y literarios. Antes de llegar nos hemos leído la divertidísima "Pantaleón y las visitadoras" del, a mi parecer y junto con "La fiesta del chivo", mejor Vargas Llosa. No podemos ya ver a un militar, de los muchos que hacen guardia en las calles de Iquitos, sin acordarnos del capitán Pantaleón y sus hombres. Y las guapísimas y sensuales loretanas nos traen a la mente a las irresistibles visitadoras, que tan eficazmente supieron levantar el ánimo de los soldados peruanos desplegados en tan  inhóspitas tierras. Quienes hayan leído la novela estarán ahora, cuando menos, sonriendo si no se están partiendo de risa. 
También hemos visto en el iPad la película de Herzog "Fitzcarraldo" (1982), que está igualmente ambientada en Iquitos, en la época del caucho. La película nos pareció de una gran belleza, pues defiende el poder de los sueños y anhelos, las pasiones del alma humana, el amor por el arte, por la música. A mí el final me resulta especialmente hermoso. Qué pena que la realidad de la persona a quien encarna Klaus Kinski fuera tan radicalmente opuesta al personaje que nos presenta Herzog. El peruano cauchero Carlos Fernando Fitzcarrald "fue el inventor del sistema de explotación de la riqueza cauchera basado en formas de esclavitud y crueldad que componen uno de los capítulos más vergonzosos de la historia de América del Sur. Sus víctimas entre las poblaciones indias se cuentan por decenas de miles. (...) Fitzcarrald no solo arrasó numerosas culturas nativas, no sólo provocó que miles de indígenas adquirieran la condición de expatriados, sino que además creó los modelos de exterminio y explotación que luego aplicarían todos los caucheros de la Amazonía. Fue el primer monstruo de una monstruosa lista de supuestos civilizadores. Lo que hicieron él, y quienes le siguieron, fue considerada entonces una hazaña de corajudos pioneros, un luminoso trozo de historia de la épica de la patria. Hoy lo llamamos, de forma menos enfática, genocidio" (Javier Reverte, El río de la desolación"). La cita de Reverte es solo un ejemplo de las muchísimas y documentadas aportaciones que tiene el libro y que me ha ido contando Julio durante su lectura del mismo. Y surge el eterno debate: cuál debe ser la relación del arte con la realidad. En mi opinión, el arte tiene valor en sí mismo, la película de Herzog es maravillosa, para mi gusto, pero el conocimiento de la Historia es la imprescindible luz que le da a todo su exacto y verdadero significado. 
Una de las visitas imprescindibles que hay que hacer en Iquitos es al enorme e impresionante mercado de Belén, el barrio periférico y marginal de la ciudad. En sus puestos se venden multitud de pescados amazónicos, la mayoría desconocidos para nosotros, excepto los que hemos visto en los días de la Reserva. Entre ellos, el paiche, a pesar de que estamos en época de veda, y la tortuga de tierra, el motelo, que luego hemos visto en centros de rescate y reproducción, pues se trata de una especie amenazada. A los pies del mercado se encuentra el complicado barrio de Belén. Es muy famoso entre los turistas contratar un guía para que te enseñe las chabolas levantadas sobre pilares de madera para protegerse de la crecida del río, que inunda todo el barrio en época de lluvias. Nosotros nos lo ahorramos: primero, porque ahora no hay agua; segundo, porque los mismos vecinos que viven en el límite del barrio nos alertan de que no vayamos si no queremos salir sin el iPad y sin el móvil y tercero, porque no nos parece que la miseria humana sea un espectáculo. Así es que nos limitamos a tomar desde arriba alguna foto de los tejados de calamina de las chabolas para que os hagáis una idea de cómo es esto. 
En Iquitos hay muchos centros de cría, rescate y recuperación de animales de la selva en peligro, que intentan concienciar acerca de los efectos terribles de la caza o pesca de determinadas especies y que tienen en marcha planes de manejo para la cría de las especies que tradicionalmente se han consumido en la zona. Nosotros elegimos el centro CREA porque tiene un área de recuperación de manatíes, posiblemente junto con el paiche, el animal más emblemático del Amazonas y uno de los más difíciles de ver en el medio natural. Las jóvenes que veis dando el biberón a los manatíes bebés son voluntarias españolas. En todos sitios hay donde poner las manos y echar un cable. 
También visitamos la Biblioteca Amazónica, la mayor biblioteca de toda la Amazonía, donde vemos emocionados un original del diario de Gaspar de Carvajal y otro de los diarios de Colón. La Biblioteca trabaja codo con codo con el CETA (Centro de Estudios Teológicos Amazónicos), que dirige el jesuita Joaquín García, a quien nos dirigimos para transmitirle los saludos que nos dio para él mi conversador de Moyobamba. Nos gusta hacer bien los recados y siempre es una delicia conversar con alguien que lleva viviendo más de cuarenta años en Perú. 
Para ir terminando, que esto ya se está haciendo largo, os diremos que uno de los grandes placeres de estar en Iquitos es también probar los exclusivos sabores de la selva, en nuestro caso solo los vegetales: en una animada cafetería del centro reponemos fuerzas tomando el extracto de guaraná o un batido de asaí con camu camu. Son semillas y frutos que crecen silvestres en la selva peruana y brasileña y que los indígenas han consumido siempre como plantas medicinales. Hoy se ofrecen como energizantes, revitalizantes, rejuvenecedores y, sobre todo, como afrodisiacos, pero ya os digo yo que la novela de Vargas Llosa es más efectiva en ese aspecto (tenía razón mi amigo Ramón). Y a pesar de ser vegetal y de que su uso es tradicional y común en toda la Amazonía, nos vamos de Iquitos sin probar la alucinógena ayahuasca, una liana que se consume en ceremonias dirigidas por chamanes y que aportan experiencias de limpieza física y espiritual. De hecho, Iquitos está lleno de turistas que llegan hasta aquí para participar de esta experiencia. Nosotros, para alucine, ya hemos tenido bastante con los barcos peruanos del Amazonas.
 
 
 















 
 


domingo, 30 de octubre de 2016

Tres días en la Reserva Nacional Pacaya Samiria.

Después de preparar una pequeña mochila con las cuatro cosas que nos parecían imprescindibles para los tres días que íbamos a pasar en la selva, nos dirigimos al embarcadero que está detrás de la casa de Job para iniciar nuestra pequeña aventura y desde ese momento intuimos que todo iba a ir bien, pues lo que veíamos se ajustaba al tipo de experiencia que queríamos vivir. 
César, que va a ser nuestro guía, nos esperaba ya en su barca. Es una barca sencilla, de madera, con una parte grande cubierta por una lona recia y la zona de delante descubierta. Él va detrás, en la parte del motor; en el medio va Yenny, la mujer de César, que va a ingresar también por primera vez en la Reserva y que lleva junto a ella el fogón de gas, los utensilios de cocina, las provisiones, la mosquitera, el colchón donde dormiremos nosotros... En la parte delantera vamos nosotros, con todo el espectáculo del río en primer plano. 
El recorrido que hacemos es por los canales y los lagos que circulan por la Reserva. No podemos recorrerla entera, tiene más de 2 millones de hectáreas, su extensión es mayor que la provincia de Cáceres. Como Bretaña está ya casi dentro, en el límite, muy pronto llegamos al puesto de control, donde debemos registrarnos y pagar la entrada. La barca va despacito y durante el camino vamos haciendo paradas cada vez que vemos algún animal especialmente interesante. Enseguida empezamos a ver muchas aves. Sin exagerar, habremos visto infinidad de garzas grises y blancas, miles de cormoranes, cientos de ejemplares de martín pescador, que nos encanta y que en España es tan difícil de ver.  También, muchas rapaces y otras muchas aves desconocidas para nosotros. Especialmente bonita es la puma Garza, que tiene un plumaje con los colores propios de este felino y también el tibe, muy parecido a nuestros ostreros. Yo disfruto un montón cuando vemos el coro-coro, ave de la que me hablaron los hermanos Galán nada más decirles cómo me llamaba -os podéis imaginar cómo me ha llamado César durante todo el viaje: señorita...- y Julio ha alucinado viendo y reviendo los hoatzines, uno de esos pájaros que suelen salir en los documentales de la 2, en este caso porque son pájaros antediluvianos, muy primitivos, con rasgos arcaicos que él explica en clase a sus alumnos de bachillerato de CMC. Es emocionante también ver el delfín rosa, típico del Amazonas, las capibaras y los amenazantes caimanes. Pero el plato fuerte ha sido poder ver el jaguar, algo dificilísimo de ver. Julio lo divisó muy cerca de la orilla, caminando tranquilamente. Nos quedamos petrificados cuando se paró y nos miró y luego siguió su camino. No sé cómo no se hundió la barca con el follón que montamos los cuatro por la emoción de poder contemplar a este animal. Jamás habíamos pensado que pudiéramos llegar a verlo. Y no es para menos ver también en grandes cantidades el paiche, el pez emblema del Amazonas. Es carnívoro y puede llegar a medir tres metros de largo. Con la barca con el motor apagado es impresionante verlo salir del agua, saltar y dar unos coletazos que dios tiembla. César fue en su día paichero, o sea, pescador de paiches, así es que los conoce bien. Hoy se encuentra protegido y solo se puede pescar cuando no es época de veda. Otro animal amazónico maravilloso. 
Además de pescar pirañas, que nos han solucionado la cena, hemos hecho dos paseos por la selva, uno por un sendero más o menos marcado, con árboles gigantes impresionantes y otro por una zona más intrincada y menos transitada. César se conoce todas las especies, los árboles medicinales, los venenosos, las lianas que dan agua cuando se cortan. Se mueve por la selva y por el río como pez en el agua. Pero cuando más nos impresionó fue cuando nos internó, ya de noche, en una zona fangosa repleta de caimanes. Era alucinante verlo en la proa de la barca, manejándola con un remo en una sola mano y en la otra la linterna, que encendía de vez en cuando para localizar a los lagartos, como los llaman ellos. 
Otra experiencia muy interesante ha sido la de visitar los puestos de los guardas forestales de la reserva. Viven en plataformas techadas de madera y realizan labores de control y vigilancia de furtivos. Se pasan en estos sitios tan aislados el año entero, descansando solo unos diez días para visitar a la familia, no tienen sueldo y el beneficio que obtienen es a través del permiso que les da el Gobierno para comercializar parte de las especies que crían para repoblar. Nos ha parecido una vida muy dura, que hemos podido compartir muy de cerca, pues las dos noches nos han acogido en sus casas para que pudiéramos dormir Julio y yo resguardados de la lluvia y de los mosquitos. Es muy difícil transmitir la impresión que nos ha causado conocer la vida que llevan estos hombres, tímidos y distantes, pero también acogedores y agradecidos por poder charlar con alguien y compartir con nosotros un té, unas frutas o el desayuno. 
Con el atardecer llega el momento mágico del día, pues los atardeceres en el Amazonas son realmente hermosos, inquietantes y con su punto de misterio. Es el momento de la charla con César, que nos cuenta su vida, su infancia, todo lo que sabe y lo que ha vivido. 
El regreso a Bretaña fue un relajado y largo paseo contemplando de nuevo el paisaje. Pero como una aventura tiene que tener algo de tensión, para que no nos faltara de nada en la parte final nos pilló una tremenda tormenta amazónica, algo parecido al diluvio universal, que nos dejó bien claro cómo puede ser la fuerza de la naturaleza. Imposible no acordarse de La Vorágine, de José Eustasio Rivera y de El corazón de las tinieblas, de Conrad. 
No hemos terminado aún el Amazonas, pero esta etapa ha sido quizás, junto con la de Galápagos, una de las emocionantes, sobre todo por la sensación que ambas nos han dejado de vivir una experiencia auténtica, escasamente o nada mediatizada por el mercadeo turístico. Julio tiene ya otra cosa que tachar en la lista de sus sueños. Veremos qué nos sigue deparando el viaje por este inmenso río. 
Y una nota final: si alguien quiere contactar con los hermanos Galán y no llegar como lo hemos hecho nosotros, en plan aventura, su página web es viajeselvaperu.com. Los recomendamos sin ninguna duda. El disfrute está asegurado.