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viernes, 19 de agosto de 2016

El lago Atitlán

Panajachel, a más de 1500 metros de altitud, es el pueblo más grande de los que bordean el Lago Atitlán. Es uno de los principales destinos turísticos de Guatemala, ya que es un buen punto de partida para recorrer toda la zona y para disfrutar de las puestas de sol detrás de los tres volcanes que circundan el lago. Es fácil imaginarse el espectáculo. De hecho, algunos experimentados viajeros del siglo XIX habían descrito el Atitlán como el paisaje más espectacular que habían visto, lo cual explica la decisión de muchos extranjeros de quedarse a vivir aquí. No en vano a Panajachel se la conoce despectivamente como Gringotenango. Pero a nosotros, que veníamos de pasar unos cuantos de días perdidos por las regiones más montañosas y apartadas de Guatemala, nos pareció que no nos iba a importar nada tener un poco de ambientillo y ver de vez en cuando a algún extranjero o tomarnos una cerveza en algún sitio escuchando música, así es que nos instalamos tres días en Panajachel, con la suerte de que estuvimos algojados en un hotel que nos brindó la oportunidad de disfrutar de una comida excelente y conocer a una gente estupenda. No me digáis que el plan no ha sido bueno: por la mañana, antes de desayunar, paseo por las orillas del lago, con poquísima gente, los volcanes al fondo, los pescadores en sus barquitas de madera; después del desayuno, tomar una lancha para visitar algunos de los pueblitos más bonitos del lago, con mucha población indígena; de vuelta, al mediodía, disfrutar de una comida riquísima en un jardín apacible (las fotos de los ceviches están especialmente dedicadas a Ana Pérez, que se quedó pillada con el primer ceviche que tomamos y tengo que decirle que los siguientes no han hecho sino superarlo); y por la tarde, leer, escribir, comprar artesanía... Luego ya, por la noche, cervecitas escuchando buena música. Yo creo que no se puede pedir mucho más, ¿no?
El viernes es el mercado en Sololá, a pocos kilómetros de Panajachel. Es un auténtico mercado indígena en el que solo se venden productos para lugareños, nada para turistas. Los trajes de las mujeres no tienen los colores llamativos que hemos visto en otros sitios, pero el conjunto es igual de variopinto y rico. Lo que allí se ve es lo que hay en la vida diaria de esta gente: variedad extraordinaria de frutas y verduras, venta de aves y otros animales vivos, vendedores ambulantes de remedios naturales que sirven para casi todo -¡y la gente los compra!- y predicadores agoreros que anuncian el juicio final micrófono en mano... No hay manera de que una se aburra.
También es muy interesante coger una lancha para ir hasta Santiago Atitlán, uno de los pueblecitos más bonitos del lago. Además de su mercado y de los vistosos tocados de sus mujeres, se puede experimentar allí de nuevo el sincretismo con el que los pueblos indígenas han resuelto los dilemas existenciales que a todos nos traen de cabeza: la iglesia colonial se yergue sobre una gran escalinata y dentro los santos están vestidos con los trajes típicos de la zona, los indígenas no rezan, sino que platican con sus santos patrones ofreciéndoles flores y velas encendidas... Y como guinda, está el dios pagano Maximón, llamado San Simón en otros sitios, que encontramos preguntando a la gente, pues
lo van cambiando de casa en casa y la gente se acerca hasta él con verdadero fervor, ofreciéndole billetes, tabaco, aguardiente... En fin, me quedo sin palabras.
Al día siguiente, hacemos noche en Quetzaltenango, la segunda ciudad más grande del país, para hacer luego ya el tramo final hasta la frontera de La Mesilla y pasar a México. En este segundo viaje nos hemos encontrado con una Guatemala idéntica en algunos aspectos: posiblemente sea, junto con Bolivia, el país del continente americano que más población indígena tiene y el que posee mayor número de grupos étnicos que siguen aferrados a sus costumbres y tradiciones. Pero algo ha cambiado: hay una mayor tensión social provocada por el injustísimo reparto de la riqueza. Esto provoca un aumento de la sensación de inseguridad que se manifiesta, entre otras cosas, en que los no muy abundantes turistas se mueven siempre con agencias y no utilizan nunca el transporte público. Cuando vinimos la primera vez esto no existía. Algunos guatemaltecos con los que hemos tenido la oportunidad de hablar no se podían creer que hubiéramos utilizado el transmetro en Ciudad de Guatemala o que hubiéramos hecho tantos trayectos en autobuses públicos, con tres personas en cada asiento...
Se acabó Guatemala, por ahora, ya que algunos de vosotros habéis escrito en este blog que os gustaría conocer Antigua o Tikal, así es que ¿quién sabe? Lo mismo un año de estos nos montamos un viaje de fin de curso a Guate solo para compañeros. Pues no estaría mal.








domingo, 14 de agosto de 2016

Unos días en los Altos de Guatemala: Nebaj y Todos Santos Cuchumatán.

La zona del Altiplano de Guatemala, lo que aquí llaman los Altos, es la más espectacular del país, paisajísticamente hablando. De ella forman parte también Chichicastenango y la zona del lago Atitlán, pero para ver sus espectaculares montañas hay que subir hasta la cordillera de los Cuchumatanes, de fácil acceso en transporte público. Dos son los pueblos que hemos visitado: Nebaj, el más importante de los tres que configuran el triángulo de etnia ixil, y Todos Santos Cuchumatán, el más grande de los de la cordillera que le da nombre. Ambos fueron de los que más sufrieron los efectos de la larga guerra civil guatemalteca, durante la cual abundaron las masacres y desapariciones de indígenas en la zona. No quiero abrumar con datos que se pueden consultar en cualquier guía, pero me parece que es importante  mencionar esto para entender la peculiaridad de esta zona: parece ser que, entre los años 78 y 83, el ejército desplazó o asesinó a 25000 indígenas ixiles -de una población de 85000- como medida para frenar la actividad guerrillera en la zona. En cuanto a Todos Santos, es un pueblo que sufrió también terriblemente las consecuencias de la guerra; las cifras hablan de 2000 indígenas asesinados en este pueblo durante la guerra civil.
El recuerdo que tenemos de Nebaj, cuando estuvimos en el año 99, es el de un pueblo frío y gris, con poca gente por la calle, silencioso y con no demasiada población indígena. Ahora nos damos cuenta de que, cuando estuvimos, la guerra civil había terminado hacía tan solo tres años, pues los acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla no se firmaron hasta el 96. De hecho, coincidimos allí con militares españoles que estaban en la zona en misión de paz, supervisando el cumplimiento del alto el fuego. Por suerte, en esta ocasión nos hemos encontrado con un Nebaj muy diferente: hacía frío pero también mucho sol, el pueblo estaba en fiestas, la iglesia había sido restaurada y un montón de mujeres indígenas lucían sus preciosos trajes tradicionales y llevaban en la cabeza sus vistosos tocados, de los más bonitos de Guatemala. Aquí vimos por primera vez el típico baile de moros, que luego encontrariamos también en Todos Santos, con máscaras que bailaban al son de la marimba, fuegos artificiales y todo un cortejo de ixiles ataviados con sus mejores galas, que desfilaban y se desplazaban con la fiesta de una zona a otra del pueblo. A pesar de las dificultades, los habitantes de Nebaj mantienen sus tradiciones, hablan la lengua ixil y luchan por ganar para sí mismos un futuro digno. Ha sido una maravilla volver y encontrarlo tan cambiado para mejor, como lo ha sido también volver a Todos Santos Cuchumatán, ubicado en un hermoso valle rodeado de montañas espectaculares. Esto es vida rural en estado puro, sin turistas, sin restaurantes, sin bares, con un único sitio digno donde alojarse y con un montón de rutas para hacer senderismo. 
Todos Santos también estaba en fiestas, cuyos protagonistas eran los estudiantes del recientemente creado INEB. Cuando vinimos la primera vez, solo había escuela, que visitamos y en la que hasta me tocó dar una clase -no me quiero ni acordar de lo mal que lo pasé- pero ahora hay ya muchísimos adolescentes y jóvenes en el Instituto. Ellos llevaban los disfraces en el baile de moros, vitoreaban a los toros de fuego que ardieron cuando se fue el sol y montaron una fiesta parecida a nuestro concurso de talentos del ÍES Al-Qázeres, en la que muchos compartieron sus habilidades para la poesía, la canción y el teatro. Y todo, bajo la mirada atenta de los adultos ataviados, como la mayoría de los jóvenes, con sus trajes típicos, entre los que destacan, por raro que parezca, los de los hombres: pantalón de rayas rojas, zahones de tela negra con botones en las ingles, camisa de rayas de colores, zamarras, puños y cuellos tejidos en telares... En fin, un espectáculo que parece mentira que pueda seguir conservándose. 
La pobreza y las dificultades han hecho que muchos habitantes de Todos Santos emigren a Estados Unidos, y eso se nota en la progresiva incorporación de algún elemento de ropa americana al traje tradicional, solo entre los jóvenes, claro. Pero, aun así, las mujeres siguen tejiendo huipiles en sus telares y elaborando algunos de los tejidos más bonitos de todo el país. Esperemos que los Todosanteros sean capaces de lograr una vida mejor sin renunciar del todo a lo que los hace únicos e irrepetibles. 
















sábado, 13 de agosto de 2016

Un domingo en Chichicastenango

Tras nuestra accidentada estancia en Flores y sin haber logrado visitar Tikal, emprendimos regreso a Ciudad de Guatemala en un autobús nocturno y, contra todo pronóstico, el viaje fue bastante cómodo. Como era la segunda vez que pisábamos la capital, nos movimos con bastante facilidad para regresar a Antigua en transporte público y pasar allí un último día antes de cambiar de zona (ya veis que en el blog no damos información práctica, pero si alguien la necesita puede escribirnos a nuestros correos y les proporcionaremos información de primera mano sobre transportes, hoteles, fronteras, etc.).
El sábado seis de agosto salimos en autobús público hacia Chichicastenango pasando por Chimaltenango y Los Encuentros. Hay que hacer, por lo tanto, dos cambios de autobuses, pero la opción que ofrecen las agencias nos pareció malísima, ya que no están en Chichi hasta las diez de la mañana y, desde nuestro punto de vista, hay que estar allí bien temprano para disfrutar completamente de todo lo que ofrece un domingo en este pueblo de la región de Quiché. 
Chichi es famoso por su mercado del domingo, de un espectacular colorido, por la cantidad de frutas y verduras distintas que se venden, pero sobre todo por la población indígena que baja de las montañas a vender sus productos, vestidos con sus trajes típicos, de mil colores, en especial los de los huipiles de las mujeres, que crean un llamativo espectáculo multicolor. Eso sin contar con los colores de todos los productos de artesanía. Es realmente una fiesta para los ojos. Pero, además, Chichicastenango es especial porque sus habitantes y los de las aldeas cercanas se caracterizan por seguir aferrados a ritos de origen prehispánico, que se mezclan con los rituales católicos, creando un ejemplo de sincretismo que hoy ya es difícil de encontrar, creemos. A partir de las siete de la mañana comienzan a llegar a la iglesia de Santo Tomás, que tiene una inmensa escalinata en el atrio, al modo de las antiguas pirámides mayas, los cofrades y cargos de las distintas cofradías que existen, ataviados con trajes típicos, portando bastones de plata que indican su rango. Se arrodillan en los escalones de la iglesia, rezan en maya...
 La gente del pueblo también va llegando y todos repiten ritos parecidos, quemando grandes cantidades de resina de copal en la entrada, encendiendo velas, esparciendo aguardiente... Cuando entran, depositan sus ofrendas -fruta, mazorcas de maíz, dinero, flores...- en plataformas bajas de piedra repletas de velas y se sientan en el suelo a hablar en Maya con sus ancestros, muchos de ellos enterrados bajo el suelo de la iglesia. La misa, que empieza a las ocho, es también en español y en maya, y está presidida junto con el sacerdote por todos los cofrades que se sitúan alrededor del altar. Es impresionante escuchar el Maya y muy emocionante, nos parece a nosotros, que se conserven las lenguas indígenas y que sigan vivas. En fin, es muy difícil describir con palabras la escena y el ambiente, la sensación de estar asistiendo a algo sagrado y muy ceremonioso, de una importancia vital para sus protagonistas. Otro regalo que nos ha deparado este viaje. 










viernes, 12 de agosto de 2016

Flores sin Tikal


Tikal, verano del 99

Guatemala, como buena tierra Maya, también tiene sus ruinas. Un viaje a este país sin visitar Tikal, en la regional del Petén, se queda un poco cojo, pues uno tiene la sensación, bastante acertada, de que se está perdiendo algo importante. Nosotros estuvimos aquí en el 99, pero Juana y Amalia se han quedado sin conocerlas y nosotros, sin volver a verlas. Cosas del destino o de la suerte o como queramos llamarlo. Para ver Tikal hay que llegar hasta Flores, una islita preciosa rodeada por un lago, de ambiente tropical y selvático, y también una palicilla de viaje si no se viene para ver las ruinas, que son impresionantes. Pero no ha podido ser: el mismo día que llegamos nos avisaron de que al día siguiente no podríamos visitar las ruinas porque los trabajadores del yacimiento tenían bloqueada la entrada pidiendo mejoras salariales. No nos lo podíamos creer, sobre todo porque las agencias turísticas seguían vendiendo visitas a Tikal como si no pasara nada. Luego nos enteramos de que una vez allí llevaban a los turistas a un parque cercano y santas pascuas. Así pasamos nuestro primer día esperando que trabajadores y gobernantes llegaran a un acuerdo. Por la tardé llegó la alegría cuando nos enteramos de que Tikal había abierto. Son los principales ingresos turísticos de Guatemala y los mandamases no se lo podían permitir. Pero por la noche llegó la verdadera tormenta: pasamos la noche en vela, oyendo caer la lluvia y azotar el viento. El huracán Earl había entrado por Belice y se dejó notar en las costas de Guatemala y en el Petén, así es que a las cinco de la mañana nos anunciaron que la carretera a Tikal estaba cortada por árboles caídos. De cualquier manera, con la lluvia y el viento que hacía habría sido imposible pasear por el yacimiento. Otro día de asueto, sin luz, sin internet... Un día para ser y estar, nada más.  En fin, que los planetas se alinearon para que no fuéramos. Ellos sabrán por qué. A lo mejor es que quieren que volvamos una tercera vez. Bueno, pues no saben con quiénes la han dado. Que se preparen, que volveremos. 





miércoles, 3 de agosto de 2016

De Copán (Honduras) a Río Dulce, pasando por Livingstone

Siempre que estés en Guatemala y tengas posibilidad, no te puedes perder una escapada a Honduras para ver las ruinas de Copán, en la frontera con Guatemala de El Florido. La única dificultad que conlleva es el tiempo. La forma barata pero más lenta y dificultosa, por los cambios de estaciones en Ciudad de Guatemala, es en transporte público. Nosotros, por falta de tiempo, hemos contratado el transporte hasta allí con una agencia de Antigua y el resto lo hemos hecho por nuestra cuenta. Si solo visitas las ruinas y regresas al día siguiente, ni siquiera hay que sellar en el pasaporte la salida de Guatemala y en Honduras te ponen tan solo un sello de recuerdo que, eso sí, cuesta treinta quetzales.  Copán Ruinas es un pequeño y agradable enclave rural hondureño, rodeado de montañas, donde no hay mucho que hacer salvo visitar su yacimiento arqueológico. No tiene edificios impresionantes, como algunos de los que hemos visto en Yucatán, pero posee algo que lo hace único: sus maravillosas y enormes estelas con figuras de reyes mayas, algunas de las cuales todavía conservan parte del color que las cubría. Es, realmente, un bosque de piedra que te traslada a un pasado esplendoroso, que tuvo una importancia comparable a la de Tikal en Guatemala o Chichén Itzá en México. 
Además de las estelas, que son impresionantes, destaca la la escalinata de los jeroglíficos, protegida por una fea lona que hay que obviar para disfrutar desde el suelo de los 63 escalones que, en forma de jeroglífico, contienen la historia de Copán. 
Es una zona con poco turismo extranjero, algo de turismo centroamericano, tranquila... Un aperitivo para un futuro viaje a Honduras. 
Una buena forma de continuar camino por Guatemala desde aquí es dirigirse hacia Livingstone, en el golfo de Honduras, el Caribe guatemalteco. Es un sitio especial por su vegetación tropical y su población negra, de origen africano, que aquí se llama "comunidad garífuna". Cuesta creer que esto sea Guatemala porque no hay ningún rastro Maya; más bien parece que te hayas trasladado en unas horas a Cuba o Jamaica. Aparte de su lengua, también conservan su música y sus especialidades culinarias, como el ceviche de gambas y caracol macerado en lima y cilantro, y el tapado, un guiso sabrosísimo de pescado y marisco, hecho con leche de coco y plátano macho. Buenísimo. 
De Livingstone solo se puede salir en barco, así es que decidimos dirigirnos a Flores remontando en una lancha el cañón del Río Dulce. Un viaje relajado en el que pudimos observar un montón de aves y de vegetación tropical. ¡Qué pena que haya que bajarse de la lancha para continuar camino en autobús hacia Flores!