viernes, 11 de noviembre de 2016

Primer contacto con Brasil: de Iquitos a Manaos.

El martes 1 de noviembre nos trasladamos desde Iquitos hasta la triple frontera en lo que allí se llama una lancha exprés, una especie de supositorio en el que se viaja sentados en filas de dos asientos y en donde caben unas cuarenta personas. Es muy bajita, con lo cual ves el agua del río casi a ras de ti; es también muy ligera, viaja muy deprisa en comparación con los barcos que hemos traído hasta ahora y recorremos la distancia en unas 11 horas. La llegada a la triple frontera es bastante impactante. La lancha llega a Santa Rosa, en el lado peruano, un pueblito bastante tristón y sin ningún atractivo. Allí hay que coger un moto carro hasta la oficina de inmigración para que te sellen la salida de Perú. Y vuelta de nuevo al muelle. Después, una barquita te traslada en dos minutos a la orilla de enfrente, donde están Leticia (Colombia) y Tabatinga (Brasil), unidas prácticamente en una misma ciudad y separadas tan solo por el idioma que se utiliza en los carteles y anuncios publicitarios. Todo el mundo habla de que Leticia es un pueblo apacible y muy agradable para quedarse, pero nosotros nos bajamos en el lado de Tabatinga pues necesitamos sellar la entrada en Brasil. La oficina de inmigración ya está cerrada, es de noche, no tenemos moneda brasileña, no hay taxis, tan solo motos, y no entendemos absolutamente nada el brasileño. Llega el momento de hacer tres respiraciones profundas. Es increíble cómo en cuestión de minutos pasas a un lugar donde todo parece diferente: de pronto ya no entiendes el idioma, la música es distinta, el ambiente es tremendamente festivo y jaranero... Menos mal que en todos sitios hay gente amable que está dispuesta a ayudarte, así es que Julio se fue con una motorista a cambiar dinero, comprobar en el muelle si al día siguiente había barco a Manaos y buscar un hotel, mientras yo lo esperaba en casa de unas señoras que no pararon hasta que entré en el "porche" de su casa y me senté en una silla, porque no podían permitir que estuviera esperando de pie. Fueron muy amables. Estábamos derrotados, pero la música atronadora, bailonga y sensual de los baretos y el calor que hacía nos empujaban a la calle y con unas cuantas cervecitas heladas para rehidratarnos nos fuimos a dormir. 
Al día siguiente, antes de las ocho ya estábamos en la puerta de inmigración para sellar nuestros pasaportes. Todo fue rápido y sencillo. Desde allí el taxista nos llevó al muelle y compramos nuestros billetes para el GM Oliveira, que salía a las 12 del mediodía y que tardaría en llegar a Manaos alrededor de tres días y tres noches. El primer vistazo del muelle fue el anticipo de todas las diferencias que a lo largo del viaje íbamos a percibir entre los barcos de Perú y los de Brasil, entre los peruanos y brasileños de la región amazónica. El muelle estaba limpísimo, asfaltado, cubierto, con sillas para esperar sentados y con tres líneas que marcaban dónde había que ir colocando el equipaje para su inspección por orden de llegada. Comparado con los muelles peruanos este parecía un aeropuerto alemán. La misma impresión continuó al montar en el barco: nos pusieron una pulserita en la muñeca -la primera en nuestra vida- de esas de los cruceros de todo incluido, de distinto color dependiendo de cuál fuera tu destino final. El barco estaba muy limpio, muy nuevo, la tripulación ¡iba vestida de blanco! Había guardias de seguridad pertenecientes al cuerpo de policía y los trabajadores del barco lo mantenían todo a punto, haciendo muy bien su trabajo. En fin, era como haber cambiado de planeta. Es verdad que vamos también muy apretados, con muy poco espacio para colgar la hamaca, también es verdad que el agua de la ducha es igualmente agua del río, pero reina en todo el barco una sensación general de orden, limpieza y organización. La comida es, aunque no sea una maravilla, sensiblemente mejor y más variada y hay tres grifos de agua purificada a nuestra disposición. Los brasileños que viajan con nosotros son más respetuosos, reciclan los residuos no orgánicos, no vociferan, los pocos niños que hay son tranquilos y están bajo el control de sus familiares. Tengo la impresión de que la gente brasileña del barco pertenece a una cierta clase media o por lo menos no es tan desfavorecida como la mayoría de los peruanos con los que hemos hecho miles de kilómetros por el Amazonas desde Pucallpa hasta Iquitos. A cambio, en el barco brasileño la gente se relaciona menos y entabla menos conversaciones. No es que fuera fácil conversar con los peruanos, pero sí que terminamos entablando una relación amistosa con algunas personas, sobre todo niños y mujeres. Aquí eso no se da, entre otras razones porque lo dificulta mucho el idioma, aunque a medida que pasan los días vamos empezando a conversar con los colombianos y venezolanos que viajan en el barco o con los brasileños y guiris que chapurrean el español. 
Otra diferencia sustancial, con la que no contábamos, es la cantidad de controles policiales que hay en el barco brasileño. Parece ser que esta ruta es complicada en cuanto al tráfico de droga y son habituales las inspecciones policiales. No sé la cantidad de veces que nos han pedido el pasaporte, han comprobado que llevamos el sello de entrada en Brasil y nos han mirado todo el equipaje, cosa por cosa. En una ocasión el barco estuvo parado dos horas como mínimo y decenas de policías nos deshicieron uno a uno la maleta, con lo milimétricamente colocado que va todo en las nuestras, por falta de espacio, claro. En fin, es una parte más del viaje por este tramo del Amazonas, que aquí se llama Solimoes. 
El barco hace muchas menos paradas que en el lado peruano, pero aun así hay algunas. Una de ellas fue para cargar en las cámaras frigoríficas de nuestro barco toneladas de paiches, pirarucús en Colombia y Brasil, de criadero y congelados. Es impresionante contemplar desde tan cerca estos enormes peces amazónicos, casi monstruosos, de una carne con un sabor exquisito, no me extraña que lo llamen el rey del Amazonas. 
El clima y el paisaje son muy cambiantes durante la travesía: lo mismo hace un sol y un calor infernal que se levanta una tormenta de arena o se desatan la lluvia y el viento. El barco navega a veces por canales en los que tenemos muy cerca las orillas, otras veces la amplitud del río es inmensa y la selva amazónica se convierte casi en una línea verde en el horizonte. El concepto y la vivencia del tiempo cambian por completo. En la travesía el tiempo pasa muy despacio, ahora es cuando tenemos todo el tiempo del mundo para hacer todas esas cosas que continuamente decimos que no tenemos tiempo de hacer en nuestra vida cotidiana: sobre todo leer, pero también escribir, charlar con los vecinos de hamaca, contemplar el río, ver una peli en el iPad, dormitar, no hacer nada. Es muy divertido hablar con las parejas de jóvenes europeos que viajan en el barco. Nos contamos los motivos de nuestros viajes: la mayoría viaja por un año entero, unos antes de tener un trabajo estable; otros, antes de tener niños... Tienen toda la vida por delante. Conocemos también a Álex y a Wendy. Él es venezolano, ella colombiana. Los dos son también muy jóvenes y se han conocido durante el viaje. Por esos hilos raros y misteriosos que determinan la simpatía entre las personas, les encanta hablar conmigo y me cuentan su vida: los dos tienen por delante un gran cambio en su vida, cambio de país de residencia, de trabajo, de pareja... Nasande también es un encanto. Va en la hamaca de al lado de Julio. Es un joven brasileño de Tabatinga, estudiante de Biología. Viaja a Manaos para hacer un examen de Bioquímica pues estudia a distancia. Viaja con un tocho tremendo de libro que saca de vez en cuando para repasar. Julio también lo utilizó en la carrera, así es que la afinidad y la complicidad entre ellos está asegurada. Gracias a él pudimos contactar con los dueños de nuestro apartamento para avisarlos del retraso de nuestra llegada y gracias a él salimos del puerto de Manaos sin problema y nos orientamos en la ciudad. Como regalo, le dejamos nuestras dos hamacas. Él tendrá muchas ocasiones de seguir utilizándolas. 
Manaos es un desastre de ciudad. Lo único que tienen presentable es la plaza de San Sebastián, con mucho sabor portugués y dónde está el Teatro Amazonas, la Ópera de Manaos. Es triste pensar en estas ciudades, en Manaos o en Iquitos, por la fugaz grandeza que tuvieron a finales del XIX y principios del XX y su actual decrepitud y dejadez. Eso sí: la alegría, el desenfado en las relaciones y los usos sociales, la música y el baile lo compensan todo bastante. Hace bastante calor y la gente está sentada en las terrazas de los bares, igual que en España. En la puerta del Bar Armando o en el Caldeira -el bar de Vinicius de Moraes y de todos los bohemios de Manaos- hay música brasileña en directo. Escuchándola con una cervecita en la mano y con un pinchito  moruno de una de las numerosas barbacoas improvisadas en cada esquina se ven menos los socavones de las aceras y no molesta tanto el olor de las alcantarillas. El domingo por la mañana se monta un estupendo mercadillo callejero en la calle principal que baja al puerto: hay delicias gastronómicas brasileñas, artesanía, puestos de guaraná... Y para despedirnos como es debido del Amazonas, a mediodía probamos por fin el paiche, pues ya sabemos que en la época de veda se comercializa de criadero y congelado. Está realmente exquisito. 
Para terminar con una nota literaria, os recomiendo la lectura de "El río de la desolación. Un viaje por el Amazonas", de Javier Reverte. Julio lo empezó antes de comenzar nuestro periplo por el Amazonas en Perú y "me prohibió" leerlo antes de embarcar, pues decía que si leía el prólogo y las primeras páginas no me montaba en el barco. Yo ya sabía que era un libro duro, algo triste, melancólico y un punto pesimista. Entre otras cosas porque, como ya sabéis muchos de los que coincidimos en la charla de Reverte en Cáceres, el autor contrajo la malaria durante este viaje y estuvo a punto de perder la vida. En cualquier caso, decidí hacerle caso a Julio porque yo no quería hacer el viaje de Reverte, quería hacer el mío y sacar mis propias conclusiones y vivir mis propias experiencias. Empecé el libro, pues, en el último tramo del viaje. Reverte viajó en el 2002. Han pasado años y no todo es igual, pero el pasado histórico sí es el mismo. Y eso lo hemos conocido gracias a él. Tenemos que agradecerle al escritor su trabajo de investigación inmenso sobre la historia del Amazonas, tanto en Perú como en Brasil, todo el pasado de sufrimiento y explotación de los indios por parte de los blancos, ya fueran españoles, portugueses o los propios magnates peruanos y brasileños del caucho. De ahí es de donde viene la desolación: de la experiencia de contemplar tanta riqueza natural y de que esté tan injustamente repartida, del escasísimo avance y mejora en las condiciones de vida de la gente que vive en las orillas de este inmenso río. Y del empeño del hombre en domesticar de cualquier manera y con cualquier método esta gigante reserva verde gracias a la cual, en parte, todos respiramos.
 















 


 
 

2 comentarios:

  1. Estou a ver que, embora a viagem às vezes seja dura e cansativa, estão a desfrutar muito. E eu continuo a desfrutar com a narração e as fotografias de blogo e a sentir a mesma inveja! Júlio, quando voltares, vais ter de contar-nos todos os pormenores...

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  2. Nada, Nines, anímate a algo parecido, que con tu dominio de los idiomas lo ibas a tener chupado! Gracias por leernos y escribirnos. Dentro de nada estoy ahí con vosotros. Besos grandes. Julio.

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