Agosto de 2005
Uno de los imprescindibles para mí en este súper viaje era llegar hasta la isla grande de Tierra del Fuego. Cuando vinimos por primera vez en 2005, en Argentina era pleno invierno. Lo pasamos genial y Argentina nos enamoró para siempre, pero el invierno austral es terrible, las temperaturas bajan muchos grados por debajo de cero y el viento es intenso y helador. Así es que me parecía que debíamos aprovechar esta ocasión para regresar aquí en primavera, a punto ya de comenzar el verano austral. La verdad es que no hemos tenido mucha suerte en ese sentido, pues este año el invierno, por lo visto, no se quiere marchar y el sol luce muy tímido, cuando le dejan las nieblas y la llovizna. A cambio, hemos visto nevar y hemos disfrutado del maravilloso paisaje de las montañas nevadas sin el frío que pasamos hace once años.
Con más frío o con menos, Ushuaia sigue siendo un sitio muy especial, uno más de todos los que hemos visitado y todavía nos quedan por visitar en este viaje. Su emplazamiento, a orillas del Canal Beagle, y el hecho de que sea la ciudad más al sur del mundo la convierten en un destino fascinante y difícilmente superable. Está a nivel del mar, pero flanqueada por unos impresionantes picos montañosos, los montes Martial, las últimas estribaciones de la cordillera de los Andes. Está situada en el paralelo 54 y poco más allá, aunque todavía falten 36 paralelos más para llegar al 0, en el Polo Sur, comienza la Antártida. Solamente pensarlo es ya fascinante. Este emplazamiento tan alejado y aislado ha determinado su historia y su presente, pues a principios del siglo XX la mítica Tierra del Fuego seguía siendo uno de los lugares más despoblados del planeta y la llegada de los pioneros de las más diversas procedencias, comerciantes, empresarios, aventureros, exploradores, delincuentes -como ocurre con casi todos estos sitios remotos, Ushuaia fue durante un tiempo un penal- le confieren un aire mestizo y exótico, muy original, que se parece muy poco a nada de lo que conocemos. Hoy Ushuaia vive casi por completo del turismo y del petróleo, las antiguas casas de madera con tejado en pico van desapareciendo y se ve demasiado cemento; en temporada alta la llegada de turistas se incrementa bastante y todo es muy caro, pero nada de eso nubla la sensación del privilegio que es haber regresado aquí. Con todo, todavía quedan algunas casa típicas de madera de principios de siglo. Especialmente bonito es el edificio del Almacén Ramos Generales, hoy convertido en cafetería. Un cartel en su fachada reconoce la aportación de la familia Salomón, que en 1913 llegó a Ushuaia desde Trípoli, Líbano, y creó el almacén, "sitio de abastecimiento, encuentro social y cultural, cumpliendo un rol fundamental en la ciudad de Ushuaia".
El acceso al Parque Nacional Tierra del Fuego es muy sencillo desde la ciudad. Nos hizo un día bastante bueno y decidimos dedicarle una jornada completa, con una caminata de unos 15 kilómetros a lo largo de la costa del Beagle hasta la Bahía Lapataia. El clima es muy cambiante, tan pronto sale el sol como lo tapan todo las nubes o se levanta el viento y cae una fina lluvia. El paisaje es muy agreste, raro, a veces desolado, muy bello en toda su aridez. Cuando caminamos cerca de la costa, el agua adquiere a veces tonos verdosos y grises, heladores y muy hermosos, con el telón de fondo de las montañas nevadas. Cuando el camino se adentra hacia el interior del parque, nos espera un precioso bosque de lengas o guineos, algunas muy viejas, otras muy jóvenes -son las equivalentes, más o menos a nuestras hayas, dice Julio- , totalmente en estado natural, sin explotar la madera. Es imposible resistirse al deseo de abrazar a estos árboles tan majestuosos.
Para mí, con todo, la excursión estrella desde Ushuaia es la travesía por el Canal Beagle hasta el Faro Les Eclaireurs. La vista de Ushuaia con los montes nevados al fondo, según nos vamos alejando en el barco, es magnífica. En las distintas islas del canal se pueden observar fácilmente muchas aves, sobre todo cormoranes, cauquenes, petreles... y también las formaciones de pliegues rocosos en los que están tumbados los leones marinos sudamericanos de un pelo, que forman verdaderos harenes de un solo macho enorme y gigantesco rodeado de todas las hembras con sus crías. La excursión ha incorporado ahora un paseo por una de las islas Bridges, un excelente mirador desde el que contemplar la ciudad de Ushuaia, seguir con la imaginación el camino hasta la Antártida y conocer de cerca el tipo de vegetación, prácticamente esteparia, que se da en esta zona tan fuertemente azotada por el viento. Pero lo más bonito y emocionante de la travesía es, en mi opinión, el momento en el que se llega al romántico Faro Les Eclaireurs. En rigor, este no es el faro más austral del mundo -sí de Argentina-, pues hay un faro más al sur, en el Cabo de Hornos, en territorio chileno. Pero como a este faro no se permite llegar, el faro del Beagle es, a efectos prácticos, el Faro del Fin del Mundo y bien merece este título, por su situación estratégica en este canal que une los dos océanos, por su belleza, por la emoción que suscita al verlo aparecer, tan aislado y al mismo tiempo hoy tan accesible... Este era el lugar al que yo quería volver al final de nuestro viaje. Otro sueño cumplido.
Cuando nos despertamos el miércoles 16 vemos que las montañas vuelven a estar completamente cubiertas de nieve. Ha nevado durante toda la noche, así es que nos animamos a dedicar la mañana a visitar el Glaciar Martial, con la esperanza de que podamos hacer alguna pequeña caminata y no nos llueva demasiado. Un taxi nos deja en la base del Glaciar y desde ahí emprendemos el paseo -pues en verano el telesilla no funciona, ya que se supone que hay poca nieve- hasta ver de cerca los tres circos glaciares que hoy forman el Martial. Conforme nos vamos acercando, va aumentando la cantidad de nieve acumulada y las vistas de la bahía de Ushuaia son espectaculares. Emociona pensar que, hace 10000 años, antes de la retirada de los hielos, el Glaciar Martial llegaba hasta la misma bahía. Hoy nos conformamos con admirar la majestuosidad de sus tres circos y nos maravillamos con cada rincón, con cada puente que atravesamos completamente cubierto por la nieve, disfrutando como niños pequeños de un muñeco de nieve que algún turista acaba de hacer de cualquier manera. Esta parte de la Navidad nosotros ya la llevamos hecha.























Que tengáis un buen viaje de regreso.
ResponderEliminarNos vemos pronto.
Abrazos.
Muchas gracias, Pedro Emilio. Sí, ya no queda nada para volver al barrio. Un abrazo grande para los dos desde Buenos Aires.
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